Valores sanitarios para afrontar la crisis

Àlex Sala - incluye ideas tomadas del doctor Javier Herranz e imágenes y aportaciones de las estudiantes de Medicina Andrea Crehuet y Maria Eugenia Zegrí, del Hospital Universitario General de Catalunya -. Olesa de Montserrat – abril / junio de 2020.
Estudiants

En la En la foto: estudiantes de medicina del grupo de voluntariado que se explica en el apartado número 9 del presente artículo. De izquierda a derecha: Anna Galceran, Arnau Subirà, Andrea Crehuet, Maria Eugenia Zegrí, Monica Garcia-Jurado, Isabel Tusquets y Marta Sala (foto tomada el día de Sant Jordi de 2020).

SINOPSIS: A finales de marzo de 2020 ingresé en el Hospital UGC, donde un equipo médico me salvó la vida tras una infección muy grave de COVID-19, llegando a estar 19 días en la UCI y un total de 36 días hospitalizado. En este tiempo, la experiencia de la enfermedad unida a la observación de las personas que me cuidaron me ha impulsado a escribir este artículo, con el que quisiera compartir las actitudes y valores que observé al convivir con ellas.

Este escrito viene a ser una propuesta de reflexión para el ámbito educativo y expone 10 valores positivos que observé en el personal sanitario que a mi entender deberíamos ser capaces de transmitir y potenciar porque vamos a necesitarlos para afrontar los retos que todavía se avecinan. Son valores universales que ellas y ellos ya los han potenciado por su posición en primera línea y vale la pena más que nunca que los adoptemos también nosotros. Sirva este artículo como instrumento de reflexión y como reconocimiento al equipo médico gracias al cual he podido volver.

1- Consciencia de la precariedad humana

Puede parecer extraño plantear eso como un valor positivo, pero a mi me parece el valor básico, el que fundamenta y da sentido a todos los demás. En nuestra sociedad del mal llamado primer mundo, donde hablar del sufrimiento o la muerte es un tabú y atendemos todo tipo de estímulos que nos mantienen en la zona de confort, la pandemia nos ha puesto delante del espejo de nuestra propia fragilidad. Ciertamente la conocemos a distancia por la historia, las películas, la escuela; y sobre todo la padecemos directamente cuando nos golpea una desgracia familiar; pero nuestra vulnerabilidad colectiva se ha mantenido camuflada en las últimas décadas tras la sociedad de consumo, los infinitos estímulos de las redes sociales, los contenidos del ocio y la constante publicidad que nos ofrecen un mundo de ocurrencias y pantallas, invitándonos a mirar hacia otro lado cuando las cosas van mal.

Blaise Pascal

“Es miserable saberse miserable, pero es ser grande reconocer que se es miserable”.Blaise Pascal (1623 – 1662)

Ser conscientes de nuestra precariedad no significa estar siempre pensando en las grandes amenazas; es tan simple como tomárselas en serio, y eso es algo que a menudo no sabemos hacer. Pensemos, por ejemplo, en los grandes retos que ya teníamos abiertos antes del nuevo coronavirus: el cambio climático, la violencia de género, la exclusión social, la desigualdad extrema, las migraciones… Tomar en serio significa disponerse a mirar los grandes problemas de frente e informarse bien sobre ellos, por encima de todo estar dispuesto a movilizarse y hacer algo al respecto. Así es como deben vernos los jóvenes, nuestro alumnado, nuestros hijos e hijas. Con nuestro ejemplo lo deberíamos transmitir porque esa es la grandeza de este “valor número uno”, una forma de consciencia que nos ha de llevar a salir de nuestro letargo social y ponernos en movimiento, cada uno desde donde pueda pero todos en la dirección de afrontar lo que realmente tiene importancia.

2- Tenacidad o No rendición

En coherencia con lo dicho, empezaré mostrando mi propia experiencia de vulnerabilidad. El día 23 de marzo de 2020 ingresé en el Hospital de Martorell y me confirmaron el diagnóstico. Llevaba 8 días de mal en peor y en aquel momento pareció que lo tenía todo en contra: los dos pulmones infectados, 55 años, una enfermedad nueva, las cifras de muertos creciendo y yo ahogándome y sintiéndome peor que mal. Además, el sistema sanitario empezaba a estar colapsado, la primera noche dormí en un pasillo y se notaba que el personal iba sobrecargado de trabajo. Yo estaba traumatizado, sentía lástima por mí y por los otros enfermos que dormían en otras camas más allá, sin ningún familiar que pudiera acompañarnos, esperando… ¿qué? Todo lo veía negro y pensé en los corredores de la muerte, en los migrantes que duermen en pateras aterrorizados, en las familias que malviven en ciudades en guerra… en 24 horas había pasado de ser un ciudadano europeo postmoderno a un ser humano más entre millones de los que se dan de bruces con nuestra dimensión más miserable. Fue la extraña sensación de quien despierta de un sueño y se verifica que todo lo que somos, todo lo que amamos puede desmoronarse de pronto como un castillo de naipes.

Al día siguiente me trasladaron al HGC e inmediatamente me dijeron que entraría en la UCI. Acerté a ver un médico leyendo mis informes y negando con la cabeza. Llegado a este punto toqué fondo, ese día 25 de marzo llegué al convencimiento de que no saldría vivo de allí. Es un sentimiento que si puedes contarlo te deja marcado, no tiene que ver con la tristeza ni el miedo sino con la desesperación. Sientes vértigo, una soledad infinita, te quema por dentro el deseo de comunicarte con tu familia para poder despedirte al menos, algo que sólo puedes hacer por chat porque nadie podrá venir a verte (con fiebre y el oxígeno puesto no estás para videoconferencias)… utilicé el Whatsapp como pude y fue a través de ese medio que mis familiares y amigos me dieron ánimos. Lo interpreté como una despedida, envuelto como estaba en un pesimismo total, y con el dolor de estar perdiéndolos fue como crucé la puerta de la UCI, tan convencido de que aquello era mi final que pregunté si aquello era una Unidad de Cuidados Paliativos.

En este estado me encontró la primera doctora. Ella fue la que en aquel momento me enseñó el valor número 2. Me puso la mano en el hombro y me dijo algo así como:

– “¿Curas paliativas? Ni hablar. Nosotros no vamos a tirar la toalla y tu tampoco la vas a tirar.”

¡No se me ocurre nada mejor que se le pueda decir a alguien en esta situación! No rendirte, nunca darte por vencido mientras estés vivo. Vi la determinación en sus ojos, la fuerza de quien tiene incorporado ya el sentido de la lucha en la que estábamos y eso me hizo cambiar de actitud. Así que seguí su ejemplo, acerté a llamar un momento a mi mujer y le dí un mensaje acorde dándole a entender que haría todo lo que podria. Luego ya quedé inconsciente (además perdí el móvil) y quedamos incomunicados, pero a partir de aquel momento los médicos fueron llamando cada día a mi mujer para informarla de mi evolución. En una ocasión uno de ellos le dijo literalmente “vamos a dar el 200%”.

Rudyard Kipling

“Si puedes forzar tu corazón, y tus nervios y tendones, a cumplir con tus objetivos mucho después de que estén agotados, y así resistir cuando ya no te queda nada salvo la Voluntad, que les dice: “¡Resistid!”(…) Tuya es la Tierra y todo lo que hay en ella, y por encima de todo serás un ser humano” – Rudyard Kipling (1865 – 1936)

En fin, lo que quiero decir aquí es que, una vez constatada nuestra miseria, la no rendición es el siguiente paso, el segundo movimiento de esa sinfonía de valores que debemos interpretar entre todos. Un valor fundamental que también nos conviene trasladar a la comunidad educativa. ¿Vulnerables? Sí, pero teniendo muy claro que vamos a dar el 200% para que nuestro alumnado, nuestros hijos e hijas aprendan más que nunca todo lo que necesiten aprender. Nada de quejas, nada de dudas, nuestra misión es luchar y eso es sin duda lo que vamos a hacer siguiendo el ejemplo del personal sanitario.

3- Trabajo en equipo

Mi paso por la UCI puso a prueba esa tenacidad del equipo médico porque el virus nos lo puso muy difícil; el día 26 de marzo mi neumonía empeoró rápidamente y ya no pude respirar por mi mismo, así que fuí conectado a un respirador y fuertemente medicado. El día 27 el virus empezó a afectar a los riñones. El 30 pareció que mejoraba y se pasó de sedación total a leve y ventilación mixta, pero poco después, los días 2 y 3 de abril padecí fuertes broncoespasmos y tuvimos que retroceder: otra vez intubado, otra vez respirador y más medicación (antibióticos, antiinflamatorios, broncodilatadores, antirretrovirales, antipsicóticos…).

El 6 de abril pareció que mejoraba otra vez y pasaron de nuevo a sedación leve; aquel fue el momento crítico para ver si mi cuerpo colapsaba o respondía. Finalmente el día 8 de abril la infección dió muestras de retroceder, parecía que habíamos ganado la batalla por fin. Desperté (dicen que pedí una Coca-Cola y se pusieron a reír, aunque yo no recuerdo nada). Llamaron a mi pareja para decirle que ya estaba fuera de peligro.

“Celebrad el día de hoy”.

Otra expresión sintética y bonita para expresar lo que podría ser a partir de ahora mi segundo cumpleaños.

Escalada

“Si quieres ir rápido, camina solo. Si quieres llegar lejos, ve acompañado” – Proverbio africano

No acabaron las complicaciones porque cuando me llevaron a semicríticos sufrí la infección de una bacteria hospitalaria multirresistente. Otra vez UCI, sedación… Por eso se alargó mi estancia allí hasta 17 días.

En este apartado quiero poner el énfasis en el carácter colectivo de esa tenacidad. No fue una persona en concreto sino el trabajo en equipo organizado de profesionales los que me salvaron. Es sabido que los hospitales funcionan como un reloj: indicadores, turnos, consignas, protocolos…

Cada enfermera, cada médico, cada profesional que interviene lo hacía con unas instrucciones precisas y ese modelo tan necesario en el ámbito sanitario es extrapolable a todos los niveles, pues como más ambicioso es un reto más gente debe implicarse en él y más rigurosa debe ser su organización. Ello requiere también una cierta estructura jerárquica pero ésta siempre debe estar al servicio de la eficiencia del equipo y nunca al revés.

4- Inteligencia colectiva

Luego supe que a mayor escala, en el hospital han surgido varias iniciativas para luchar contra el virus en el ámbito de la investigación. Me explicaron que están estudiando la evolución de los enfermos de COVID-19, en coordinación con la Universidad de Salamanca entre otras, analizando datos como las imágenes tridimensionales de las lesiones pulmonares y la estadística de los análisis de los pacientes para mejor comprensión de un virus que de momento es impredecible. Es un grano de arena más entre los hospitales, empresas e instituciones de todo el mundo que ponen el foco en otros ámbitos de lucha como pueden ser la búsqueda de vacunas, el desarrollo de test, el tratamiento de determinadas secuelas o el desarrollo de nuevos medicamentos, entre otros.

La única y más eficiente herramienta que tiene el ser humano para sobrevivir es su inteligencia. Nuestro más grande patrimonio son los millones de cerebros humanos, como los que se están esforzando en este mismo momento para luchar contra el COVID-19. La suma de todos ellos es lo que se llama inteligencia colectiva (concepto divulgado por Peter Russell, Tom Atlee y Pierre Lévy entre otros teóricos).

Según su definición en Wikipedia, “la maximización de la inteligencia colectiva depende de la habilidad de una organización para aceptar y desarrollar cualquier contribución potencialmente útil de cualquier miembro a la solución de un problema”. Es decir, si alguien tiene una idea brillante, ésta tiene que poder florecer, da igual en qué lugar esté de la jerarquía en un determinado momento.

Pierre Levy

“Nadie lo sabe todo, todo el mundo conoce y sabe algo, el conocimiento está en la humanidad”. Pierre Levy (1997)

Para que esto sea posible, las personas que ocupan cargos de responsabilidad en una determinada organización, ya sean empresarios, gobernantes o directivos deben tener una actitud receptiva ante las iniciativas que surgen de los demás. Si esto no se da se pierden muchas oportunidades, como ocurre lamentablemente en las organizaciones autoritarias que priorizan excesivamente el control y parece que se perciba el talento ajeno como una amenaza. Contrariamente, allí donde se genera un entorno facilitador[1] es donde las buenas ideas pueden encontrar un recorrido adecuado y útil para la sociedad. Ésta es una de las mejores herramientas para la promoción de la inteligencia colectiva, además de los medios de comunicación y educativos que también pueden ayudar amplificando y dando difusión a las personas que muestran una forma de pensamiento más brillante. Por desgracia, hay instituciones como los partidos políticos populistas y sus medios que amplifican formas de pensamiento simplistas promoviendo el efecto contrario.

Erich Fromm

“La actitud mental que corresponde a la razón es la humildad” – Erich Fromm (1900 – 1980)

Aplicar este valor a nuestro ámbito educativo significa, por ejemplo, seguir profundizando en la autonomía de los centros; favorecer las formas de organización abiertas, facilitadoras y receptivas que favorezcan las iniciativas de alumnado y profesorado allí donde aparecen. Implica también estimular las actividades de investigación por encima de la memorización, el pensamiento crítico, el debate interno; y finalmente introducir en el sistema a los mejores pensadores contemporáneos, aquellos que más nos ayudan a entender los problemas en su complejidad, sin esperar a que lleguen a los libros de texto o a los temarios oficiales.

A nivel individual, el valor de la inteligencia colectiva implica la humildad de saber que todo nuestro conocimiento acumulado es necesariamente fragmentado, y la disposición a compartir nuestro saber con el colectivo humano al que pertenecemos.

5- Sinceridad y respeto por la verdad

En todo el proceso de mi hospitalización, nadie del equipo médico nos ocultó la realidad ni nos mintió; no se me dijo, al entrar en la UCI, “tranquilo que te vamos a curar”. No se disimularon u ocultaron los riesgos; ningún médico fingió saber lo que no sabía o controlar lo que no controlaba. Si me tenían que hacer algún tipo de intervención desagradable me avisaban antes. Cuando alguna cosa no la sabían (algo normal en una pandemia nueva) lo reconocían sin problema. Las enfermeras expresaban entre ellas los problemas de visión que generaba el vaho en sus protecciones de la cara, las dificultades para escucharnos por las máscaras y el oxígeno, el calor que tienen bajo sus indumentarias de plástico, los problemas de suministro de algunos trajes de seguridad, … Un doctor me comentó: “esto es como una guerra, tengo 63 años y jamás había visto algo parecido”. Más tarde mi médico de planta, el Dr. Herranz, se reconocía en estado de investigación y duda permanente y me comentaba cosas como “pronto tu cuerpo dará un vuelco en positivo, todavía no sabemos por qué mecanismo” (así fue).

El personal sanitario tiene una formación basada en el método científico y eso hace que lleven “en su ADN” una forma de hablar especialmente prudente, una franqueza que debería ser la normal. Pero no hay más que encender la TV o entrar en redes sociales para darse cuenta de que en demasiados ámbitos se afronta la crisis desde la demagogia, el camuflaje o la falsedad. Así, vemos charlatanes que venden soluciones inventadas, tertulianos que hablan de lo que no saben, influencers que critican sin contrastar, periódicos que manipulan las noticias con titulares tendenciosos, discursos grandilocuentes de expertos en nada e internautas que inventan bulos tan solo como distracción. Si trasladamos la mirada al ámbito político encontramos promesas que ya se sabe que no se podrán cumplir, eufemismos y declaraciones de intenciones que no dicen nada, manipulación política de datos, camuflaje sistemático de errores o en casos extremos negación explícita de la realidad.

Afortunadamente, hay muchos medios y periodistas serios que nos ayudan a filtrar y verificar la información, y desde el sistema educativo también podemos implicarnos mucho en ello. Un problema que estábamos debatiendo justo antes de la pandemia era cómo proteger el contenido cultural de la escuela de las intromisiones que los medios digitales ejercen sobre el alumnado, cómo podemos evitar que se distraiga en extremo la atención de los menores al servicio de intereses corporativos camuflados bajo la apariencia de estímulos de ocio. Curiosamente, lo que temíamos como un abordaje de los móviles y las redes sobre el sistema educativo, con la pandemia se ha invertido y ahora es nuestro sistema el que ha invadido móviles y ordenadores para poder dar clases; ironías de la vida.

Educar en el respeto por la verdad significa enseñar a ver más allá de la información que se recibe, poner en cuestión las ideas con espíritu crítico, estimular el intercambio de opiniones y practicar el método científico y modelos de pensamiento riguroso que se adapten a la complejidad en lugar de querer simplificarla.

La escuela ya no tiene como labor principal la transmisión de conocimiento, nuestra misión ahora es más bien enseñar a “separar el grano de la paja” (en palabras de Jordan Peterson), es decir, buscar constantemente lo relevante y lo verdadero entre el alud de información aparentemente inconexa y en muchos casos intencionada que nos ofrece la sociedad. En eso consiste el principio dinámico del respeto por la verdad.

6- Empatía y solidaridad

Desde el punto de vista del paciente, entrar en la UCI es como cruzar un túnel donde pierdes la noción de la realidad y del tiempo. Me quedó en la memoria como si hubiera estado sólo 5 o 6 días cuando en realidad estuve 17, porque la mayor parte del tiempo estás inconsciente y no te enteras de nada; además aquello que percibas no será recordado o será mezclado con increíbles alucinaciones.

Alucinaciones 1

Alucinaciones de la UCI: el médico responsable de planta me explicó que uno de sus pacientes de COVID-19 aseguraba haber visto nada menos que un elefante paseando por los pasillos del hospital.

Recuerdo haberle dicho a mi familia totalmente convencido (una vez ya estaba fuera) que había perdido el móvil durante un simulacro de incendio que en realidad nunca existió; o haber visto a algunos familiares míos ingresados en camas anexas cuando en realidad nunca estuvieron. El médico me explicó más tarde que estas alucinaciones son normales en la UCI y son debidas a la medicación y a la estancia prolongada.

Estas alucinaciones son tan intensas y tan emotivas que prácticamente cuando sales no recuerdas otra cosa que su contenido. A diferencia de los sueños, cuesta mucho separarlas del mundo real, las memorizas como si hubieran sucedido realmente; además sueles incorporar el entorno que te rodea como si estuvieras en un estado de semivigilia. Por ejemplo, en el simulacro recuerdo haber visto humo blanco saliendo de un respiradero de la habitación donde realmente estuve, o conocidos míos formando parte del equipo de control junto al personal médico que me rodeaba.

Alucinaciones 2

“La niña de las trenzas” – Hablando sobre alucinaciones me explicó un celador que varios enfermos de COVID-19 coincidieron en ver una niña con trenzas paseando por los pasillos, lo cual ha generado cierto clima de misterio. Me sugirió el personaje “Miércoles” de “La família Adams”.

Otra diferencia con los sueños es que las alucinaciones son largas y nítidas, te mantienes mucho tiempo en ellas y te montas auténticas películas con un guión relativamente largo. En una ocasión creo que le alcé la voz a mi doctora con cierta agresividad porque, en mi delirio, ella y su compañero me tenían secuestrado como chantaje para que una de mis hijas les devolviera una contraseña Wi-Fi muy importante que supuestamente les había robado, un guión malo de Netflix, vaya. Aprovecho para pedir disculpas a la doctora si lee este artículo (sé que aquel día llamó a mi mujer y le dijo que “estaba muy agitado”). En la UCI no eres tu mismo sino una especie de avatar protagonista de un mundo imaginario, aunque en mi caso sí que había un hilo argumental común en la mayoría de fantasías: la obsesión por el agua (beber agua, sumergirme en agua, refrescarme en agua) y el deseo imposible de liberarme y escapar de unas supuestas ataduras que expresaban la angustia por la inmovilidad.

Pero a pesar del malestar provocado por estas alucinaciones, cuando estás en la UCI tienes al menos el alivio tu inconsciencia, que ocupa la mayor parte del tiempo. Mucho peor – por larga – es la angustia que padece tu familia contando los días de incertidumbre que se hacen interminables a plena consciencia y sin poder hacer nada.

Aquí es donde quiero llegar al valor de la solidaridad. Además del personal sanitario que llamaba cada día, es sorprendente la multitud de personas que fueron siguiendo mi evolución desde la distancia y se volcaron en el apoyo a mi familia, especialmente a mi pareja: amistades, compañeros de trabajo suyos y míos, familiares cercanos y lejanos, vecinos con los que apenas habíamos hablado, relaciones que habíamos dejado hacía años… llamaron a los míos para solidarizarse en el momento de máxima incertidumbre y siempre vamos a guardar eso en el recuerdo. Desde aquí envío un mensaje a todas ellas y ellos: en el momento en que yo no pude estar al lado de mi familia lo estuvisteis vosotros y siempre, siempre os estaremos agradecidos.

Cuando amenaza la desesperación cada expresión de apoyo es un alivio y cada gesto solidario es un consuelo fundamental. La solidaridad en todas sus formas es una de las más grandes cualidades humanas y de las más necesarias en tiempos de crisis.

7- Esperanza

El día 12 de abril, ya fuera de peligro, fui trasladado a planta, uno de los muchos espacios que el hospital tiene reservados para los enfermos de la pandemia. Con esa salida de la UCI comenzó la etapa consciente de mi enfermedad, ya sin anestesias ni alucinaciones. En la habitación, una ventana me permitía ya situarme en los momentos del día y a través de las noticias me fui dando cuenta de cómo el mundo había cambiado. Lo primero que me sorprendió fue la puesta en escena militar que se estaba dando a la pandemia, al menos en España, con esos generales del ejército y la Guardia Civil en las comparecencias y el recuento diario de muertos acompañado de las imágenes de las calles desiertas.

Desde el punto de vista físico mi estado era deplorable: había perdido la movilidad del cuerpo y no tenía fuerzas ni para sostener un vaso de agua por la atrofia muscular ocasionada por la UCI; mis pulmones habían quedado también muy afectados y todavía necesitaría dos semanas de soporte de oxígeno para respirar. Estas limitaciones afectaban también a mi corazón y cada vez que hacía algún esfuerzo me daba taquicardia, por lo que dependía para todo de las enfermeras; además todavía estaba muy medicado, psicológicamente aturdido y con dificultades para pensar con claridad.

Sin embargo, a pesar de todas estas adversidades, todo quedaba suavizado por el hecho de haber sobrevivido y por la esperanza de la recuperación. Es una sensación difícil de explicar porque el malestar físico no se correspondía con la extraña placidez que me sobrevino; descubrí la psicología del superviviente, un estado que genera sensaciones muy raras como la impresión de estar vivo por casualidad, por milagro o por error. Me encontraba fatal, sí, pero allí estaba para poder contarlo contra mi propio y convencido pronóstico; estaba siendo duro, sí, pero había recuperado la esperanza y se me había dado una nueva oportunidad.

Cuando hay esperanza lo soportamos todo, y eso le da un especial valor a las personas que ayudan a los demás a salir de su desesperación. Aunque no podamos solucionarlo todo, sí podemos dar motivos reales de esperanza, ¡hagámoslo siempre que podamos!

8- Implicación personal y profesionalidad

Otra característica de mi estancia en la habitación del hospital fue la soledad. La vida de los enfermos durante la pandemia es muy solitaria porque ningún familiar puede venir a visitarte, y el personal sanitario debe tomar muchas medidas de protección y además va muy desbordado de trabajo, así que cuando entran hacen lo que tienen que hacer y marchan enseguida. Esa soledad no es necesariamente indeseada o negativa, hay muchos momentos en que realmente te va bien estar solo para ir asimilando lo que te ha ocurrido, pero sí que es cierto que tu relación con el personal de tu entorno se construye a base de interacciones extremadamente cortas, con personas que a duras penas puedes distinguir unas de otras porque llevan la cara cubierta y el cuerpo envuelto en plástico. Así que todas las enfermeras me parecían normalmente la misma a no ser que hubiera un rasgo muy característico como la estatura o unos ojos especialmente pintados.

Séneca

“Es agradable ser importante, pero es más importante ser agradable” – Lucio Anneo Séneca

A pesar de eso, siempre me sentí acompañado porque el personal sanitario compensa tu soledad con una amabilidad extrema: “hola cariño, ¿qué tal ha dormido hoy?”, “buenos días, vengo para hacerle el pinchacito”, “le vamos a poner fortachón”, “muy bien, mira que bien se aguanta hoy”, “claro que sí, lo que necesite”… su humanidad atraviesa el plástico de sus máscaras y hace que te sientas acogido continuamente a pesar de la brevedad de su presencia y lo surrealista de tu situación. Eso tiene un valor muy importante si además tenemos en cuenta el contexto de crisis y la presión a la que se encuentran sometidas esas personas.

Otro ejemplo de esta proximidad fue mi médico de planta, el Dr. Javier Herranz. Como siempre venía a primera hora de la mañana para hacer la revisión, estaba conmigo más rato que los demás y por eso pudimos mantener una conversación, aunque fuera por fragmentos de un día para otro. Eso fue muy interesante para mi porque mostraba ser una persona de gran cultura, mucha empatía y una forma de pensamiento muy original y muy crítico. Como yo mismo, se dedica también a la enseñanza, en su caso de Medicina en la Universidad. Una de las primeras cosas que hizo, aparte de transmitir mucha confianza, fue regalarme un libro de su colección (costumbre que tiene con sus pacientes pues le gusta mucho la lectura). Se trataba de una bonita novela llamada “El Esclavo”, de Isaac Bashevis Singer. Las últimas semanas (cuando ya podía sostenerlo) me acompañó como lectura de cabecera. Es la historia de un hombre que tiene que rehacer su vida después de una experiencia traumática, curiosamente.

Máscaras

“…su humanidad atraviesa el plástico de sus máscaras y hace que te sientas acogido (…)” (texto del apartado 8)

El doctor Herranz me explicó que el objetivo de mi estancia en planta era la “desescalada”, es decir ir retirando poco a poco la fuerte medicación que llevaba de la UCI e irme alejando de los días del trauma. También me dio a entender los motivos por los que mi recuperación iba a ser tan larga y me acompañó en todo el proceso. A medida que pasaron los días, cuando le comenté que al salir iba a resumir mi experiencia en un artículo, colaboró conmigo aportando algunas ideas (los apartados 1, 4, 6 y 9 contienen aportaciones suyas y por eso lo he hecho constar en la cabecera).

En suma, estuve solo en la habitación pero al mismo tiempo me sentí acompañado desde la responsabilidad de profesionales que sabían proyectar su empatía a pesar de las circunstancias. Quiero dar testimonio aquí de esta amabilidad, es más que un trabajo porque muestra implicación personal en aquellas personas que están mal y de las que te sientes responsable.

Las crisis no se superan por actuaciones heroicas de grandes personajes, sino por el buen hacer diario de una multitud buena gente. Esas enfermeras, médicos, personal auxiliar nos enseñan que la profesionalidad nos hace eficientes y la implicación personal transmite humanidad y respeto por las personas más allá de las barreras físicas o visuales. Trasladado al ámbito educativo, todos sabemos que una buena profesora o profesor no lo es sólo como experto en sus contenidos y su didáctica, sino por la implicación que siente y muestra por su alumnado.

9- Compromiso y voluntariado

A pesar de estar consciente todavía estuve varios días sin poder comunicarme con mi familia pues todavía estaba muy fatigado y atontado por la medicación, sin fuerzas para sostener el teléfono fijo y con el móvil que había perdido en la UCI todavía sin aparecer. En ese contexto, la necesidad de contactar con los míos empezaba a ser acuciante, un sentimiento muy común en los enfermos de COVID-19 por la situación de soledad forzada que he comentado. Pensé que debía ser peor con las personas muy mayores que ocupaban las otras habitaciones, muchas de las cuales no sabían manipular un Smartphone.

Videoconferencias

Imágenes de videoconferencias realizadas por las jóvenes del voluntariado en el Hospital UGC.

Cuando el Dr. Herranz se percató de ello me dijo que al día siguiente vendría una persona para facilitarme el acceso a una videoconferencia, y así fue como conocí a Andrea Crehuet y más tarde a Eugenia Zegrí, dos estudiantes de medicina de un grupo de voluntariado que ayudaba a los pacientes a ver a sus familias. Ellas dos son las que me facilitaron su ayuda hasta que pude disponer de móvil propio.

No hay palabras para explicar lo que se siente cuando ves a tu familia después de tantas semanas desconectados, la emoción del reencuentro después de la incertidumbre es brutal. Además en mis alucinaciones había llegado a creer que mi familia también había estado en riesgo, algo que no era cierto y que pudieron desmentir aquel día. Aunque no fuera así, llega un momento en que necesitas ya verte y hablar; por eso estamos inmensamente agradecidos de que nos ayudaran de ese modo.

Estas jóvenes estudiantes forman parte del alumnado del Dr. Herranz y acuden de forma voluntaria al hospital coordinándose con familias, pacientes y personal sanitario para organizar estas videoconferencias entre otras ayudas, como facilitar material de lectura o de higiene, detalles como el reparto de rosas el día de San Jordi y en suma acompañar a los enfermos que lo necesitan. Como muchas formas de voluntariado, se estableció de manera espontánea a medida que se iba detectando la necesidad.

La manera como se desarrolló este voluntariado es un ejemplo de auto-organización colectiva: primero la idea surgió del médico y profesor, pero enseguida la trasladó a su alumnado y les dijo que él no tenia tiempo de organizarlo así que tenían que hacerlo ellas. Surgieron así dos grupos que empezaron su labor en turnos de mañana, pero a medida que los médicos del hospital se fueron enterando fueron trasladando peticiones de más pacientes; paralelamente se fueron sumando más estudiantes de modo que en el momento en que yo dejaba el hospital había ya 4 grupos de voluntariado que cubrían la demanda de distintos ámbitos del hospital en turnos de mañana y tarde.

¿Qué es lo que mueve a una persona a dar su tiempo para ayudar a otras? El voluntariado es una forma de solidaridad activa y comprometida, una reacción inconformista ante la precariedad ajena que lleva a movilizarse en lugar de esperar pasivamente a que la resuelvan otros. La adhesión personal a una causa solidaria en todas sus formas (dígase voluntariado, activismo, vocación, compromiso) es casi un misterio que contradice las leyes de la naturaleza, muy dada a la ley del comer y no ser comido y al egocentrismo más o menos camuflado. Para poner nuestro esfuerzo por otros hay que ir contra corriente del interés personal y eso es algo que no todos ni siempre sabemos hacer. Mi experiencia es que el voluntariado responde a la llamada del valor número uno, la consciencia de la precariedad. Cuanto más conscientes somos de ella más cerca estamos de comprometernos y dar el paso de salir de nuestra zona de confort.

Wayne Dyer

“Los hacedores hacen, los críticos culpan y se quejan” – Wayne Dyer

Para muestra un ejemplo: según me explicó la estudiante Eugenia Zegrí la última vez que la vi en el hospital, su grupo había acordado realizar su labor de lunes a viernes y descansar el fin de semana. Sin embargo un sábado le comentaron que había un paciente salido de la UCI que llevaba más de dos semanas sin contactar con su familia; en ese momento se preguntó a sí misma qué sentido tendría irse de fin de semana siendo consciente de ello, así que decidió venir. Ese paciente era yo mismo y gracias a su decisión pude tener mi primera videoconferencia 48 horas antes de lo previsto lo cual fue muy importante para mi. Cuando Eugenia vió la reacción que tuvimos por poder hablar con mis hijos y mi pareja tuvo la impresión de que estaba en el sitio correcto, que había hecho lo que tenía que hacer.

Antonio Bentué

“Cuando una convicción es auténtica se expresa en la gratuidad. Lo demás suele ser egocentrismo camuflado” – Antonio Bentué

Si en tiempos de normalidad el voluntariado es necesario, en tiempos de crisis es imprescindible porque no hay gobierno, ni instituciones, ni normativa que pueda reaccionar tan rápidamente y de manera tan precisa a las necesidades sobrevenidas o imprevistas. Quizás hay quien piensa que los voluntarios son idealistas; más bien lo idealista es pensar que las instituciones y el gobierno – o los otros – van a resolver todo lo importante. Además, todo voluntariado tiene algo de revolucionario, pertenece a quien no se conforma ni se resigna, a quien se moviliza por el valor de la no rendición.

10- Valentía y vínculos personales

Voluntarias

Estudiantes voluntarias con la indumentaria de protección, que hace tan difícil para los pacientes distinguirlas unas de otras.

Acabo estas reflexiones tratando conjuntamente estos dos valores que tienen para mi cierta relación. Me comentaba el Dr. Herranz que el auténtico mérito de estas jóvenes voluntarias no es tanto el trabajo que realizan como el riesgo que asumen al pasar toda la mañana o toda la tarde conviviendo con enfermos de coronavirus. De acuerdo que son estudiantes de medicina, pero en este tema concreto es un riesgo que podrían haberse ahorrado y no obstante allí estuvieron. A partir de aquí, en un par de ocasiones hablamos sobre el miedo y la gestión del mismo.

La postura del doctor, con la que estoy de acuerdo, es que el miedo hay que saber gestionarlo buscando su punto medio a la manera de Aristóteles: si somos razonables nos lleva a la prudencia; llevado al extremo se puede convertir en algo patológico y una ausencia absoluta de miedo nos llevaría a la imprudencia o la temeridad. Como enfermo de COVID-19 aprendí a diferenciar ciertos grados de temor en la gente que tenía que interaccionar conmigo dentro de la habitación, pero la mayoría mostraban una gran profesionalidad y un dominio notable de ese punto de equilibrio.

Personalmente no he tenido tiempo de experimentar el miedo a ser contagiado ya que el virus irrumpió en mi vida nada más declararse la pandemia, pero sí puedo decir algo en relación al miedo a la muerte ya que esa fue la experiencia que obtuve de la enfermedad.

Epicuro

“No debo temer a la muerte porque nunca coincidiré con ella. Cuando yo soy, la muerte no es, y cuando ella sea yo no seré” – Epicuro

A ese respecto tengo que dar la razón a otro filósofo, Epicuro, cuando afirmaba que no hay razón para temer a la muerte. Ciertamente entré en la UCI aterrorizado pero ahora puedo dar fe de que no es la muerte la que asusta, son la pérdida y el sufrimiento los verdaderos objetos del miedo. La muerte en sí misma, si es para evitar una agonía inútil no es mala opción ya que es más objeto de temor lo segundo. Pero si hay algo que realmente te empuja a luchar por tu vida es evitar la separación definitiva con los seres queridos.

Esa certeza contrasta con la lectura postmoderna más individualista, según la cual queremos estar vivos “para hacer cosas y tener experiencias”. He dejado de creerme eso; de hecho, si revisamos los mitos y creencias vinculados al “más allá”, veremos que el sentido profundo del deseo de inmortalidad humana es la voluntad de rehacer los vínculos previamente rotos. En general, vivir eternamente no ha sido un objeto de deseo en sí mismo sino un medio para reunirse con los antepasados.

Epicuro era consciente de ello y movido por su posicionamiento filosófico que identificaba la felicidad con la búsqueda del placer y la evitación del dolor, llegó a recomendar alejarnos de los vínculos personales, pero ello equivale a contradecir la naturaleza humana. Además el filósofo griego nunca llegó a demostrar por qué la muerte de alguien que es amado por otro alguien es menos dramática que la de quien acaba en soledad sin haber vinculado con nadie.

En fin, donde quiero llegar en este tema es que estamos hechos para vincularnos aunque eso pueda hacernos daño y que no existe ninguna opción de vida humana sin riesgo, que las decisiones que tomamos siempre pueden entrañar algún peligro y eso incluye las relaciones, y que la valentía significa convivir con el riesgo de forma ponderada y razonable.

Para finalizar…

Pensé en escribir este artículo durante mi estancia en el hospital y lo acabé de plasmar por escrito durante la recuperación en mi domicilio. Tuve el impulso de hacerlo y me consta que otras personas que han pasado por experiencias similares han hecho lo mismo: reflexionar y escribir quizás como terapia, quizás para reinventarse o para situarse de nuevo. Personalmente me ha servido y espero que pueda ser útil de algún modo para alguien, pero en todo caso quiero acabar reiterando mi agradecimiento al personal sanitario y animarlos a que sigan adelante y que sigan transmitiendo esos valores que son tan importantes para todos. De nuevo una mención especial al equipo médico de la UCI, al Dr. Herranz y a todos los enfermeros, enfermeras y personal auxiliar de planta. También a las estudiantes que me ayudaron y que además me han facilitado información y fotos para este artículo, ¡muchas gracias Andrea y Eugenia y felicidades por vuestra actitud y vuestro trabajo!

  1. La idea de entorno facilitador la obtuve del Dr. Herranz del HGC. 

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